La oportunidad del cambio climático

La oportunidad del entorno ¿Y si el medio ambiente fuese una oportunidad? Es lo que vislumbra uno de los capítulos del libro "No es economía, es ideología", compendio de artículos de opinión de un nutrido grupo de economistas, coordinados por Jorge Fabra Utray.

Cristina Narbona, doctora en Economía y Ministra de Medio Ambiente entre los años 2004 y 2008, escribe un capítulo titulado "La economía del medio ambiente". En él esgrime ideas muy interesantes que convengo en comentar, dada la trascendencia del tema y lo poco representado que está en un texto que busca rebatir la política ideológica que se está poniendo en marcha desde hace poco en España.

Las doctrinas liberales clásicas condicionan el desarrollo económico (o la economía en sentido amplio) a la ecología (el medio ambiente): por un lado, los economistas (y políticos) con esa ideología (por ejemplo, los que organizan y ordenan actualmente España) precisan de los recursos naturales para revitalizar sectores productivos primarios (agricultura, minería...) en aras a impulsar el tejido económico. Es un planteamiento muy elemental que presupone que la economía depende exclusivamente de la naturaleza, pero ello es un error. Como ya es sabido, nuestro planeta tiene límites: utilizamos con cierta alegría etimológica la redundancia "medio ambiente" o "sostenibilidad". Son conceptos que demuestran un uso inadecuado no ya de conceptos, sino de una filosofía, que explico brevemente.

La idea de medio ambiente

El medio o entorno (si queremos: "medio ambiente", por no liar al lector) no sólo es abastecedor de recursos, sino que soporta las actividades humanas (urbes, infraestructuras, etc.) y, finalmente, recibe nuestros desechos. Hasta hace pocas décadas la naturaleza era mera proveedora de recursos. Sólo eso. La idea, superada, sigue teniendo calado no obstante en la política liberal y no tan liberal (caso de China), aunque creo que es más por interés simplista que por desconocimiento (es muy fácil explicar a los ciudadanos que debemos explotar los recursos para obtener beneficios, como vender mercancías en una tienda: realmente, la mejora de las ganancias dependerá no sólo de vender más productos, sino mejor –diversificar el producto vendible, saber invertir, capacitar mejor al vendedor, ampliar el servicio fuera de la tienda, negociar los precios de compra al por mayor, facilitar el pago... y así una larga lista de ideas y acciones encaminadas al óptimo aprovechamiento del recurso y, por supuesto, del resultado económico–).

Por otro lado, la sostenibilidad ha sido manipulada hasta el extremo. He querido siempre entender que es un término con componentes más filosóficas y éticas que científicas, puesto que el ser humano precisa utilizar recursos naturales y muchos de ellos son finitos. ¿Quién establece los límites biofísicos de los elementos que conforman el entorno? A todos se nos pueden ocurrir respuestas más o menos razonables respecto al agua, al aire o al suelo, a los ecosistemas, a las poblaciones de fauna o flora, a los bosques y a los paisajes. Pero incluso en estos casos, nadie conoce los umbrales y esa ambigüedad es utilizada en su propio beneficio por quienes saben que ello es así.

Así que, ante esa errónea (y falsa) concepción del entorno, los ciudadanos estamos en la obligación de entender que la única propuesta válida para desarrollar una economía coherente y justa es mantener en lo posible dicho entorno o medio. Esto entronca con la idea tergiversada que también es usada sobre la economía, que es que el medio ambiente supone un freno a la misma. Es decir, y resumiendo, que los sectores radicales de la economía, sean de la facción que sean, utilizan a su conveniencia la idea del medio ambiente: cuando les conviene, dicen que hay que explotarlo; cuando no les conviene, dicen que frenan el desarrollo (al no poder ser explotados como a ellos les conviene en un momento dado). El medio ambiente se está pareciendo más a un dogma religioso, utilizado ante los demás como arma arrojadiza o como postura incólume, dependiendo de las circunstancias.

Doña Cristina Narbona pasa rápidamente, seguramente a propósito, sobre estos conceptos para plantear lo subyacente e importante de todo ello, aprovechando su pertenencia al Panel de Sostenibilidad Ambiental de las Naciones Unidas: que medio ambiente y sociedad son inseparables. O lo que es lo mismo, que no se puede pretender acometer un desarrollo económico dilapidando los recursos, pues son el patrimonio de las sociedades. En Europa esta idea está arraigada, especialmente en los países del centro y norte. En el área mediterránea no ocurre así, pues esa cultura de respeto hacia la naturaleza aún parece no haber calado lo suficiente en los niveles de decisión estatal, especialmente en los gobiernos neoliberales.

La política conservadora que ha imperado estos años en el mundo se ha visto beneficiada de la anterior política proteccionista, tanto de lo social como de lo ambiental. Ahora lo moderno sería explotar el territorio español hasta el límite, sin trabas burocráticas ni morales. Y se está consiguiendo a base de improvisación y alocada necesidad. No nos engañemos: esto es un problema de la política en su conjunto, sea liberal o no, pues todas buscan el beneficio de sus ciudadanos y del Estado, generalmente a costa de los recursos naturales. ¿Cómo sino podemos incluir en el mismo saco a EEUU, a Francia o a China? ¿Por qué algunos países no parecen seguir este dogma básico productivista, como Alemania? La respuesta es que son algo más listos que los demás y prefieren no explotar sus recursos hasta que no les quede más remedio (ejemplo de esto último es el fracking en EEUU). Mientras eso no ocurra, se dedican a crear una economía que no se fundamente en sus recursos naturales, sino en los de otros territorios. Es un sistema imperialista muy particular, remozado y mejorado en el siglo XX.

Uso razonable del suelo y el agua

Otro de los puntos en los que hace hincapié Cristina Narbona es que el uso racional (no hablemos de "sostenibilidad", término tergiversado) de los recursos naturales y su gestión puede suponer una fuente de creación de empleo importante. Sea cierto o no, la realidad es que lo ambiental está cada vez más y mejor recogido en los decálogos empresariales modernos. La idea del comercio justo en lo social debería extenderse a otros ámbitos, como el ambiental. Globalmente, tal y como he aprendido tras leer al economista y humanista José Luis Sampedro, es la ética la que debería gobernar nuestro mundo, en lo social, en lo económico, en lo ambiental también. Pero parece que a algunos países les cuesta más que a otros. Narbona hace un inciso importante en este asunto, planteándose la moralidad que supone en países desarrollados permitir que el cambio climático, quizá o claramente inducido y potenciado por el ser humano, afecte más a aquellos países que menos causantes han sido del mismo. Son las paradojas ambientales de estos tiempos de globalización, que deberían hacernos reflexionar si los beneficios ambientales, como los económicos, son globales o no. No nos engañemos: la respuesta es "no".
España (la Península Ibérica, más bien) es un lugar a caballo entre África y Europa, donde coexisten gran variedad de ecosistemas y, por ende, donde mayor diversidad biológica existe de todo el continente europeo. Al igual que las consecuencias del cambio climático están siendo más evidentes en el Sahel, pronto el sur europeo verá lo mismo, pues los cambios climáticos serán más acusados en nuestras latitudes que en Centroeuropa, por ejemplo, donde, como mucho, el clima será más templado, más benigno. Así pues, si las barbas de nuestros vecinos meridionales vemos afeitar, pongamos las nuestras a remojar y no adoptemos políticas inactivas de prevención, tal y como hacen los gobiernos conservadores.

El suelo es abordado por Cristina Narbona con gran acierto. Ya se conoce que el caos inmobiliario español partió de la normativa desregulada en materia de suelo, realizada hace casi dos décadas. De aquellos barros, estos lodos: la afección al medio ambiente por parte del ímpetu urbanizador ha sido notabilísima en algunas regiones. Desde luego, a pesar de que el suelo es patrimonio de los españoles, ¿qué hemos conseguido de tal manifestación depredadora? Nada. Como bien dice Narbona, España goza del indiscutible mérito de ser el país de la Unión Europea con más viviendas construidas per cápita, así como con el mayor número de viviendas vacías per cápita. Otra paradoja: algunas regiones ibéricas (sobre todo, las fronterizas luso-españolas o algunas otras igualmente despobladas), que no se han visto tan afectadas por el cemento, mantienen sus recursos naturales con mayor integridad que otras que lo han malgastado ocupándolo con edificios e infraestructuras armados, muchos hoy en día inservibles e inútiles.

Curiosamente, el uso del territorio español, es decir, del suelo, desarrollada por capital privado, genera daños ambientales y sociales que acaban siendo resueltos por el Estado. Solidaridad mal entendida en un país donde sus ciudadanos hemos perfeccionado nuestro individualismo hasta convertirnos en egoístas.

Otro aspecto clave, como no podía ser menos, es el agua, el recurso natural básico para la vida. Es éste uno de los factores ambientales que más afectados se verán por el cambio climático. En países en desarrollo es el motivo de mayores conflictos sociales. En España lo volverá a ser en breve, si es que lo ha dejado de ser alguna vez. Y si de egoísmo hablábamos en relación al suelo, ¡qué decir del agua!

El agua es lo que sale del grifo. Cierto: es una vulgaridad, pero en realidad la mayoría de los ciudadanos no sabemos de dónde viene, qué cuesta su trasporte y potabilización ni sabemos medir su consumo. En este punto hace hincapié la economista autora del artículo, que propone priorizar el ahorro y la eficiencia. Para los gobiernos mercantilistas eso significa algo tan sencillo como encarecer el precio del agua, que es patrimonio de todos. No se piensa en mejorar los regadíos, principales fuentes de derroche del agua. Y qué decir de la detracción sin medida del agua de los ecosistemas fluviales, de la falta de caudales ecológicos, necesarios para la vida. Se ve que la política ha sido garantizar la cantidad, más que la calidad. Apenas trata Narbona, sin embargo, de las aguas subterráneas, verdaderos embalses mal conocidos de nuestro país, salvo los sobreexplotados del Alto Guadiana o de las costas mediterráneas, donde también el interés económico ha primado desde siempre sobre el interés común y el interés ambiental, es decir, sobre el patrimonio de los españoles.

Cambio Climático

Al llegar al asunto del cambio climático, Narbona apunta alto, al señalar que dentro de la política europea (Estrategia Europea 2020, en lo referido a las compromisos sobre reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero) España puede aportar algo más que construcción y turismo playero, con vocación tecnológica hacia las renovables (ello dependerá de los resultados que obtengan en sus reducciones otras grandes economías mundiales, según señaló recientemente la comisaria europea de Acción por el Clima, Connie Hedegaard, a propósito de la Cumbre de Doha de 2012). No obstante, a pesar de los importantes resultados debidos a la puesta en marcha del Plan Nacional de Asignaciones de los Derechos de Emisión de gases de efecto invernadero, España sigue siendo poco eficaz en su consumo energético, con sectores de gran intensidad, como el turismo o la agricultura, por ejemplo.

Las empresas españolas han adoptado mecanismos de desarrollo limpio a lo largo de los apenas tres años que duró el Plan, lo que les ha servido para implantarse con ventaja en países en vías de desarrollo, quienes se están comprometiendo de manera seria en los objetivos climáticos globales. La tecnología para el aprovechamiento de las fuentes de energía renovables sigue mejorando, lo cual es una buena noticia para España, muy directamente implicada en ese negocio. Además, el aprovechamiento de dichas energías va a sufrir un gran impulso tras el desastre de Fukushima (Japón). De ahí que sea imperioso seguir la estrategia europea, que lidera la promoción de las renovables a nivel mundial. Es un nicho económico y empresarial que conviene tener muy en cuenta los próximos años.

En este sentido, es interesante recordar que el debate sobre la energía nuclear está en el aire, y que Narbona ha sido defensora del abandono progresivo de la energía nuclear. Ahora que forma parte del Consejo de Seguridad Nuclear, tiene en sus manos ejercer esa opinión y permitir el paso de lo nuclear a lo renovable, definitivamente. Así pues, esperemos que las energías renovables se vean definitivamente impulsadas de manera inmediata. Y este esquema de juego va a ser igual en la Unión Europea. Tras la Cumbre del Clima de Doha de la ONU algunos países iberoamericanos van a demostrarnos que no es sólo una apuesta europea. Se empieza a observar no sólo una nueva perspectiva política de respeto hacia el medio ambiente, sino una visión pragmática de sus beneficios sociales y económicos.

Hace escasas semanas el propio Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, a propósito de la reunión de la Red Iberoamericana de Oficinas de Cambio Climático (RIOCC), afianzaba su preponderancia como coordinador de la política de fomento de las energías renovables más allá de la madre patria. Algo está sucediendo en Iberoamérica, no sólo sobre el cambio climático sino sobre el medio ambiente en general. Y no es esta una reflexión sacada exclusivamente tras escuchar el fantástico discurso del presidente Uruguay, José Mújica, en Río de Janeiro, hace seis meses, sino que es una enseñanza de cómo los países iberoamericanos comienzan a tener peso en el círculo energético global (entre ellos, Brasil y Argentina, por citar sólo a los que pertenecen al G-20), mediante su apuesta clarísima por las energías renovables.

Así que, si tenemos en cuenta las anteriores reflexiones y algunos datos difíciles de asumir, como los aportados por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que señala que la demanda mundial de recursos naturales renovables supera en un 50% lo que el planeta puede suministrar, ¿quién sigue pensando que no se requiere cambiar la actitud de negar la crisis socio-ecológica?, ¿alguien sigue pensando , en la misma línea, que el cambio climático no debería suponer de manera inmediata una oportunidad para mejorar nuestro saber estar en la Tierra (en lo energético, en lo ambiental, en lo económico y en lo social)?

Eduardo Rebollada Casado
http://geologiaextremadura.blogspot.com/

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